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Cómo vincularme con mi hijo adolescente

Muchos padres preguntan cómo vincularme con mi hijo adolescente. Esto porque viven una crisis de comunicación y de autoridad con su hijo adolescente y no encuentran la explicación a dicha situación ni la forma de mejorarla. 

Condiciones que permiten lograr un vínculo estrecho con los adolescentes

Debo advertir que las bases de la comunicación se cultivan desde la niñez y eso es posible si desde pequeño el niño se sintió escuchado, amado, reconocido y valorado. En otras palabras, somos nosotros quienes, con nuestro afecto, nos vinculamos a nuestros hijos.

Por eso, si eres padre de hijos adolescentes y tu relación con ellos durante la niñez estuvo marcada por algunas de las siguientes situaciones, con toda seguridad, explican por qué tu hijo no se comunica contigo. En este sentido, debes revisar si te vinculaste desde tus vacíos afectivos, lo cual se observa, entre otros:

  • Si fuiste un padre controlador, como el que llega del trabajo directamente a exigir tareas, a revisar que todo esté en orden, que se cumplan los mandato al pie de la letra. Estos son padres cuya prioridad no es la construcción afectiva, sino la respuesta al control, por ejemplo, a lo académico. Este tipo de padres manifiestan el cariño de manera condicionada: solo si el hijo obtiene buenas calificaciones en el colegio, encuentra un padre cariñoso.
  • Si fuiste un padre ausente. De esta clase de padres hoy en día hay muchos, pues se dejan consumir por el trabajo, ya sea porque tienen horarios extremos en los que salen muy temprano de casa y regresan tarde o porque llevan el trabajo a casa. Si te consumía el trabajo, seguramente llegaba el fin de semana y tus hijos no contaban con tu presencia, por lo tanto, no se podía iniciar una base afectiva.
  • Si no estuviste presente sus experiencias significativas, por ejemplo, un logro en el colegio, una presentación en el Jardín Infantil, el día que aprendió a montar bicicleta, entre tantas otras.
  • Si tu hijo sintió que no estabas con él. Si lo acompañabas al parque y esperabas que él jugara, mientras tú leías el periódico o hablabas sin cesar por teléfono. Si estabas en tu casa y el niño te preguntaba algo y tú, por estar consumido en tus intereses, como ver la TV, no respondías a esa necesidad afectiva.
  • Si estabas más pendiente de la conducta de tu hijo que del vínculo. Por ejemplo, si eras del que al salir a cualquier sitio decías repetidamente: “cuidado te caes”, “no toques esto” “no te subas en eso” “cuidado con aquello otro”, “pórtate bien”, “recuerda que…”
  • Si te mostrabas colérico y “cantaletudo”, que regañaba de manera reiterada y por cualquier situación.
  • Si estabas más pendientes tus deseos que los de tu hijo; por ejemplo, al planear una actividad, no le preguntabas qué deseaba hacer, sino que simplemente determinabas qué hacer. Por ejemplo, mientras tu hijo soñaba con jugar en la arenera, tú lo llevabas a jugar tenis.
  • Si no prestabas atención a sus gustos y motivaciones. Tal vez, no te diste cuenta cuando él intentó comentar sus deseos, sus intereses, sus motivaciones, sus gustos; por ejemplo, cuando se acercó para mostrarte esa canción o ese cantante que le gustaba. Es decir, no te diste la oportunidad de entrar en su mundo y conocer qué juegos, intereses, sueños y deseos tenía.
  • Si llevaste una relación de pareja distante, sin vínculo afectivo y cada actividad que se realizaba en familia implicaba un disgusto. Es decir, si tu hijo no vio una relación sana, amorosa, vinculada, comprometida, constructiva entre sus padres. Ten en cuenta que no puede reproducir lo que no se le mostró.
  • Si los paseos y las salidas no eran motivadoras porque eran solo de acuerdo a tus gustos. Como consecuencia, tu hijo era como un convidado de piedra, solo sentía abandono y aburrimiento.
  • Si tu hijo duraba mucho tiempo encerrado en su habitación con un videojuego y mirando TV y no le preguntaste el por qué y no hiciste lo posible por conectarte con él, sino, por el contrario, lo regañabas por no hacer nada productivo.
  • Si observabas que tu pareja tenía una vinculación dañina con tu hijo, marcada por la censura, la culpa, el regaño y tuviste una actitud pasiva.
  • Si tu hijo fue solo un ejecutor de órdenes.
  • Si no lo hacías sentir único, ni valorabas sus talentos y, por el contrario, lo comparabas constantemente con amigos, hermanos y familiares.
  • Si tu hijo tuvo que mendigar amor. Le prometías llegar temprano, sacarlo a pasear, llevarlo al cine, etc., pero debía esperar mucho tiempo, mientras se desocupaba de otras prioridades, para ganar un ratico contigo.
  • Si tuviste otras prioridad, otros contextos, como amigos, trabajo, viajes.
  • Si le pedías y exigías cosas que no veía en ti, por ejemplo, no decir mentiras, pero tu hijo observaba que tú vivías en una mentira, pues estabas con una pareja a la que no amabas.
  • Si sentía que el compartir contigo no era sincero.

Si algo de lo anterior se presentó, no fue posible construir una vinculación afectiva sólida. Así que tu hijo desde la niñez va a tener unos vacíos afectivos y un dolor muy grande, que manifestará de diferentes maneras, por ejemplo, conductas irascibles, desvinculación, tristeza, depresión, ansiedad y, por supuesto, una gran apatía a compartir contigo.

En conclusión, el vínculo que no se establece en la niñez resulta muy difícil de establecer en la adolescencia.

Estrategias para armar el vínculo con tu hijo

Veamos algunas estrategias que pueden ayudar a armar el vínculo con tu hijo.

  • En primer lugar, la importancia de tomar conciencia de reparar. Para esto debemos iniciar (como padres) una construcción interna que nos lleve a sentirnos plenos, tranquilos y felices. De esta manera, es posible proyectar en nuestros hijos esas fortalezas.
  • Es indispensable vincularnos con nuestros hijos desde sus deseos, anhelos y aspiraciones. Que ellos no se sientan obligados, ni manipulados, pues si están cumpliendo los deseos de los padres se obstruye la comunicación y la consolidación de la autoestima. Es algo que se presenta en muchas esferas: en el deporte que prefieren practicar, en la carrera que les gustaría estudiar, en la forma como les gusta vestir, en la música que les gusta escuchar, etc. Es tremendamente contraproducente forzarlos a vivir contextos que no desean ni quieren. La felicidad se encuentra cuando yo permito realizar y lo que yo quiero ser. Los hijos tienen una necesidad muy grande de compartir tiempo con sus padres, y esa es la base de la solidez afectiva. Qué bueno dedicarle tiempo para jugar lo que les gusta, escuchar su música, etc.
  • Muchas veces, los padres imaginan o proyectan qué es lo que más le conviene a su hijo. Sin embargo, es él quien debe descubrir qué le conviene. Nuestro papel debe centrarse en mostrarle, de manera objetiva y sin carga emocional, los diversos contextos de esos deseos para que él pueda descubrir y construir. El chico es el que debe encontrar qué quiere ser y hacer en su vida. Ellos son los que deben aprender a tener una visión realista de la vida.
  • Permitirles ser congruentes son sus contextos. No le puedo prometer la luna y las estrellas, creyendo que así voy a hacerlo feliz. Mientras tanto, como padre, me desintegro y le genero una vida de expectativas muy altas en donde van a hacer presos de la ansiedad. En este sentido, no debemos traspasarles nuestras frustraciones o desear que ellos sean y lleguen a donde nosotros no hemos llegado.
  • Cuando un adolescente se ve amargado, triste y ansioso es porque siente mucha presión. Debemos brindarle un ambiente tranquilo, sano. Si sabemos que se esfuerza, que lucha por alcanzar sus metas, es bueno alentarlo y motivarlo para que lo logre, pero no a costa de su salud mental.
  • Tener una actitud flexible. Recuerden que la flexibilidad mental es la clave de la salud mental.
  • Enseñarles que la vida hay que gozarla y no sufrirla. Por eso, resulta clave enseñarles a minimizar los problemas. Dado que en la adolescencia sienten mucha presión es preciso que puedan contar con un contexto familiar que los escuche, los apoye y les enseñe a bajar dicha presión. Por ejemplo, si se disgusta con un amigo, es vital dedicarles tiempo para escucharlos y llevarlos a que identifique cómo solucionar sus conflictos y que sepan dimensionar la situación, pues se preocupan en exceso y tienden a exagerar. Por eso, muchos de ellos caen en contextos depresivos y ansiosos.
  • Permitirles cumplir deseos, incluso esos pequeños. Por ejemplo, si quieren hacer una torta a las 8 de la noche y es feliz, pues que la haga, ¿cuál es el problema? Si quiere pintar sus tenis de colores diferentes, pues que lo haga. Eso lo hace feliz y no le hace daño a nadie. Si quiere decorar su cuarto de determinada manera, que lo haga, ¿a quién afecta?
  • No llevar la carga del trabajo a casa y menos a la relación que podamos establecer con ellos. Que vean a unos padres dispuesto a vincularse, a conversar desprevenidamente y a disfrutar de su compañía.
  • Es importante enseñarles a planear y a organizar su tiempo y responsabilidades. De esta forma, se asegura que o se llenen de angustia.
  • Cuando ellos manifiesten un deseo o inconformismo no cerrarnos a la escucha; muchos de ellos dicen “para qué le digo a mi papá o a mi mamá; sé que me va a decir que no”. Es decir, anticipan la respuesta y la frustración.
  • Tener un corazón y una mente abierta para que ellos también puedan generar confianza. Por ejemplo, “mira, me siento mal porque …”
  • No caerles con todo el rigor de las normas; permitirles expresarse; no satanizar. Ellos no cuentan sus asuntos y prefieren confiar en personas fuera de la casa, porque los padres tienden a exagerar lo que ellos comunican con cara de preocupación de terror, de desaprobación.

En síntesis, es fundamental ayudarlos a vivir una vida plena. Que no sientan presión, sino apoyo. Entendemos que estamos en un contexto muy difícil y les va a bastar con la presión de la sociedad.

Cuando no hemos podido establecer un vínculo asertivo con nuestros hijos y hay mucha presión en el contexto familiar se generan hijos infelices y condiciones de ansiedad, depresión, inadaptación, trastornos de conducta, suicidios, pues no tienen otra salida que desestabilizarse. La presión los lleva a tomar decisiones radicales como irse de la casa muy temprano, embarazos tempranos, adicciones, etc.

Resulta triste saber que los costos de felicidad y calidad de vida son muy altos.

Se entiende que si la vinculación entre los padres y los hijos ha estado muy deteriorada, los hijos también crecen con un "niño interior" muy profundo que es necesario sanar, que los va a afectar en su adultez. Esta sanación es posible alcanzarla a través de un manejo asertivo en el que ellos encuentran un mediador que permite la restauración socioafectiva. Esto es lo que ofezco con el enfoque que representa Pedagogía Sana.

Martha Lucina Hernández,
creadora de Pedagogía Sana.

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