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El niño interior

Es clave debemos sanar el niño interior que llevamos dentro. Al estar bien emocionalmente, garantizamos que nuestros hijos también estén bien emocionalmente.

¿Qué sucede cuando nuestra mirada interna nos duele?

Quisiera que te tomaras un momento para que respondas de la manera más honesta posible las siguientes preguntas, que no por lo sencillas, resultan fáciles de responder:

  • ¿Estás siendo feliz?
  • ¿Estás construyéndote socioafectivamente?
  • ¿Vives rodeado de tranquilidad o de intranquilidad?
  • ¿Te sientes pleno o ansioso y deprimido?

Y, si eres papá o mamá responde con conciencia:

  • ¿Estás haciendo feliz a tu hijo?
  • ¿Estás construyéndolo socioafectivamente?
  • ¿Le generas tranquilidad o intranquilidad?
  • ¿Lo sientes pleno o ansioso y deprimido?

Estar bien con nosostros mismos

Es fundamental comprender que para estar bien emocionalmente, ante todo, debemos estar bien con nosotros mismos. Pero, ¿qué sucede cuando nos cuesta encontrarnos con nosotros mismos, cuando nuestra mirada interior nos duele?

Como adultos, tenemos en nuestro interior un niño, que es el reflejo de lo que vivimos en la niñez y que nos acompaña hasta el presente. Aquí, nuevamente te pido que te tomes otro momento de sinceridad para que des respuestas de corazón a estas preguntas:

  • ¿Fuiste realmente feliz de niño o te hicieron creer que eras feliz?
  • ¿Te sentiste amado por tus padres? ¿Ellos ejercieron un vínculo amoroso? ¿Fue una relación constructiva, tranquila, segura, profunda y libre?
  • ¿Podías demostrar afecto o, por el contrario, creciste en un ambiente inflexible, controlador, censurador, "cantaletudo", sobreexigente en el que eras un ejecutor de órdenes?
  • ¿Tus padres respetaron tu esencia y tu ser o te llenaron de miedo, de dolor y de incertidumbre?
  • ¿Te sentiste protegido y amparado o, por el contrario, abandonado y solo , aún estando con ellos diariamente?
  • ¿Te obligaron a actuar según la razón o tus sentimientos?
  • En conclusión, ¿qué tan herido está tu "niño interior"?

Siendo adulto, necesariamente vamos a reflejar ese historial construido en la niñez. Si lo que tenemos es un “niño herido” se va a reflejar en prácticamente todas las esferas de la vida: en lo laboral, en las relaciones personales y de pareja y, por supuesto, en nuestras acciones como padres. A los hijos, fundamentalmente les dejamos solo un legado: la solidez socioafectiva, que según sea el caso, les permitirá crecer de manera plena, segura y tranquila.

Es increíble observar cuántas veces ese niño herido que tenemos en nuestro inconsciente, los sacamos al consciente, así no nos lo propongamos. Por eso, si no nos identificamos con nuestro padre o madre no será fácil generar afecto. Es claro que entablamos nuestras relaciones de acuerdo con los miedos que arrastramos de niños y, atados a esos miedos, no podemos enfrentar la vida asertivamente.

Ese "niño herido" surge en nuestras interacciones. Así que si de niño nos sentimos solos o abandonados, vamos a sentir miedo al abandono. Eso explica que si estamos en una relación que nos intranquiliza, en la que no nos sentimos plenos, vamos a sentir la necesidad de mantener dicha relación por miedo al abandono, por miedo a la soledad.

Las experiencias de vida que tenemos de adultos dependen de la vivida en nuestra niñez. Si tuvimos que observar a los padres pelear constantemente, si tuvimos un padre ausente, si fueron fríos, distantes, indiferentes, censuradores, controladores, “cantaletudos”, si no leyeron nuestras tristezas, ni alegrías, si esas condiciones se presentaron en nuestra niñez es altamente probable que de adulto lleguemos desarrollar una conducta codependiente.

¿Qué es la codependencia?

Somos seres dependientes, pues necesitamos de otras personas y de cosas para vivir. De alguna manera, generamos dependencia de situaciones, ideas, personas, trabajo, moda, tecnología, la pareja.

Pero, ¿qué sucede cuando esta condición sobrepasa el límite y se convierte en un apego? Pues, nos afecta, nos hace daño, nos desestabiliza, nos intranquiliza, nos trastorna.

Los efectos de la codependencia se observan en las diferentes decisiones y asuntos de nuestra cotidianidad, por ejemplo:

  • Si temo dejar ese trabajo que tanto me desestabiliza y no me siento a gusto, el efecto es que me obsesiono, me desgasto, me enfermo.
  • Si veo que estoy con una pareja con la que no me siento satisfecho, pleno, compatible, ni tranquilo, el efecto es el temor que destruye mi autoestima, mi esencia; paso a vivir una relación conflictiva de la que quiero escapar. Estoy con él o ella porque considero que es un deber o porque la presión social me lo exige, el efecto es la culpa y el miedo. Eso no es amor, es codependencia.
  • Si voy a salir de casa y me intranquiliza dejarla desordenada, el efecto es la angustia y me altero.
  • Si, a pesar de ser adulto, siento la necesidad y la obligación de responder constantemente a esa madre o a ese padre que me altera, los efectos son nocivos: me intranquiliza, me manipula, me controla, no me da libertad porque me trata como a un pequeño.
  • Si siento miedo por cambiar esa creencia que me desestabiliza, por ejemplo, por ser el hermano mayor, el efecto es que debo ser perfecto, dar ejemplo, asumir responsabilidades que no me corresponden, es decir, sobreexigirme.
  • Si soy el hermano menor, siento el deber de ser igual de exitoso que mi hermano mayor. Se trata de una carga que me instauraron desde niño.
  • Si siento la necesidad de impresionar a los demás, para buscar su aprobación.

Muchas veces, sentimos que tenemos la necesidad de estar con esa persona, mascota, creencia, cosa, situación, a pesar de que nos hace daño y no nos construye. Es allí cuando debemos saber que nuestra socioafectividad está afectada, pues al sentir que vamos a perder ese objeto de apego, nos desestabilizamos, nos llenamos de ansiedad, miedo y dolor, sentimos que nuestra vida pierde el norte, que no tiene sentido y, como consecuencia, nos deprimimos.

Actitudes de codependencia

Son muchas las actitudes que identifican a una persona con una conducta codependiente, entre ellas:

  • Generan una actitud controladora en prácticamente todos los ámbitos de su vida: hijos, pareja, trabajo, posesiones materiales. Por ejemplo, la pareja que te llama por teléfono de manera muy reiterada para saber, entre otros, qué haces, dónde estás y con quién. Esto no es amor, es control. 
  • Viven una necesidad de ser los salvadores. Se consideran los protectores de las personas con las que se relacionan; se sacrifican por ellos, asumen responsabilidades que no les corresponde y que no tienen retribución.
  • Se frustran y deprimen de un momento a otro; pueden estar bien y repentinamente pasan a vivir un cuadro de tristeza por motivos aparentemente insignificantes.
  • Se victimizan en las relaciones y en los diferentes contextos de su vida. Por ejemplo, la madre que se queja permanentemente de condiciones como la salud, con la intención manipuladora de llamar la atención y tener a sus hijos siempre alrededor. Situación similar, la de la madre o el padre que se queja permanentemente de los sacrificios (tiempo, dinero, esfuerzo) que debe hacer por sus hijos.
  • No disfrutan plenamente momentos de felicidad. Si están en una reunión o en una fiesta no se sienten tranquilos, se retiran temprano. Piensan en cosas que los deprimen y si se les pregunta por su estado anímico siempre afirman que no tienen nada.
  • Guardan sus sentimientos, no los expresan fácilmente.
  • Tienen conductas coléricas e irascibles; por cualquier motivo, estallan; por ejemplo, porque no encuentran algún objeto que acaban de dejar en algún sitio.
  • Tienen sentimientos de culpa, que los desestabiliza y los llenan de tristeza y ansiedad.
  • Tienden a ser perfeccionistas en todos sus contextos; por ejemplo, en el trabajo piensan que son los únicos que pueden hacer mejor las labores.
  • Tienen miedo de romper con una relación de pareja de la que saben que les hace daño o con la que no se sienten plenos y compatibles.

La conducta codependiente es una condición que tiene un contexto interno muy profundo. Por eso, debemos sanar el “niño herido” que llevamos dentro. Si lo logramos, podemos buscar relaciones sanas; esas relaciones que nos construyen, que nos dan alegría, satisfacción, deseo de compartir, de amar verdaderamente y brindar.

Si vives con una conducta codependiente solo vas a generar destrucción, pues todo ese legado lo vas a traspasar a tus hijos.

Es hora de decir: ¡basta! Me alejo de esto que me causa daño para pasar a reestructurar mi afectividad y proyectar equilibrio, amor, alegría y tranquilidad. En conclusión, pasar a vivir la vida que deseo vivir y no la que me toca vivir.

Es hora de enseñar a nuestros hijos a vivir una vida genuina y a ser fieles a sí mismos.

Martha Lucina Hernández,
creadora de Pedagogía Sana

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